Lamentablemente los tucumanos seguimos sin poder poner fin a un drama que se repite con demasiada frecuencia: las inundaciones. Cada vez que el agua avanza vuelve a quedar expuesta una verdad incómoda: la falta de obras públicas estructurales y definitivas para resolver esta problemática. Mientras tanto, quienes viven en las zonas más vulnerables son los que pagan el costo más alto, perdiendo lo poco o mucho que tienen y enfrentando, una vez más, la dura tarea de volver a empezar. En medio de ese panorama doloroso hay algo que, por suerte, sigue intacto: la solidaridad de la gente. Vecinos, instituciones, organizaciones sociales y muchos ciudadanos anónimos vuelven a demostrar que la empatía y el compromiso social todavía existen. Cuando el Estado no llega a tiempo o lo hace de manera insuficiente, la sociedad tucumana aparece para tender una mano. Sin embargo, también es inevitable mirar a la política y reconocer que algo se ha deteriorado profundamente en los últimos años. Y digo en los últimos años porque no siempre fue así. Recuerdo haber sido parte del Ministerio de Desarrollo Social durante el gobierno de José Alperovich. En ese entonces existían diferencias políticas claras con el radicalismo provincial, pero esas diferencias no impedían trabajar juntos cuando la situación lo exigía. Peronistas y radicales podíamos discutir en el plano político, pero al momento de asistir a la gente trabajábamos codo a codo. Recorríamos barrios, realizábamos relevamientos y muchas veces pasábamos noches enteras organizando la asistencia para las familias afectadas, con recursos que también llegaban desde el Gobierno Nacional. Había una comprensión básica: frente al sufrimiento de la gente, la política debía estar a la altura. Hoy, en cambio, la política parece haber perdido parte de ese espíritu. Los discursos son cada vez más violentos, más viscerales y más cargados de fanatismo. La confrontación permanente ha reemplazado muchas veces al diálogo y a la responsabilidad de gobernar. Sigo siendo crítico de los modelos políticos que nos gobiernan, pero también creo que el mayor problema aparece cuando la política se transforma únicamente en una lucha por el poder. En ese escenario, la ciudadanía termina quedando en el medio de disputas que poco tienen que ver con sus problemas reales. Y mientras tanto, cada vez que llueve fuerte en Tucumán, volvemos a ver la misma escena: familias que lo pierden todo, vecinos que ayudan como pueden y una sociedad que demuestra una vez más que su solidaridad sigue siendo mucho más grande que las miserias de la política.
Williams Fanlo